Doy más vueltas al café y le miro silenciosa, absorta en los hipnóticos movimientos de sus interminables pestañas.
Ha llegado al bar con una flamante sonrisa y se ha acodado en la barra, ignorando a la chica de la última mesa, la que disolvió hace 10 minutos el azúcar del café pero sigue moviendo la cucharilla.
No me ve.
Ríe. Un mechón rebelde se posa sobre uno de sus ojos, que desde aquí parecen verdes, o puede que marrones.
Lo aparta con gracia, sonriendo. No deja de sonreír. Sus dientes están perfectamente alineados y es una de esas sonrisas frescas, naturales, que te hacen sentir bien al mirarlas.
Habla con confianza con sus amigos. Brilla entre todos los demás. Se le ve desenvuelto y seguro sin llegar a resultar prepotente.
Me imagino que le gusta el rock de los 70, los cafés bien cargados, las cervezas de importación y las novelas históricas. Entonces yo también sonrío, porque acabo de construirlo a la medida de mis sueños de forma inconsciente.
Ella me saca de mis ensoñaciones. Me observa divertida mientras me hace la pregunta del millón, la pregunta que corresponde a mi mirada entre perdida y diseccionante "¿Otra vez?"
Afirmo con la cabeza y vuelvo a sonreír sin tapujos, divirtíendome con mi ocurrencia.
Entonces él mira hacia nuestra mesa. Se pone serio y luego me sonríe. Yo permanezco hierática, más por vergüenza que por indiferencia, y él va acercándose a nosotras, cerveza en mano.
"Ey nenas, ¿qué hacéis tan solas?"
Me apresuro a tirarle del pedestal nada merecido en el que le había colocado minutos antes, contesto cualquier cosa y ella se ríe, mientras el cazador se retira con la cabeza gacha.
Con una mueca de fastidio miro a mi amiga.
No voy a decir lo evidente, me niego a hacer audible la verdad, que no es él, que nunca es él.
Ella, que capta la implicatura de mi gesto como si fuera el mismo grito hastiado que ahogo en mi pecho, me agarra la mano. Me dice que debería dejar de fantasear, que la gracia está en conocer a alguien poco a poco, sin prejuzgar y sin conceder cualidades sin saber nada.
Recojo mis cosas, me ajusto el gorro y la bufanda y salgo del bar a su lado. No sé a donde vamos, simplemente hacia otra más de nuestras noches, rodeadas de los nuestros.
Noches en las que me convenzo que da igual todo, que les tengo a ellos. Que prefiero ser rica en abrazos y sonrisas amigas que en miradas lascivas y superficiales.
Entonces, con mi cerveza importada en la mano, me abstraigo de las conversaciones y les miro, y al son de mi rock setentero ya no necesito convencerme de nada.
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1 comentario:
Mientras nos queden las cervezas y nos bailen las sonrisas no estas sola. Llegará algún dia el hombre (siempre imperfecto) que te de la vuelta al mundo! Sólo hay que esperar...
Me ha encantado la entrada, por fin vuelves a escribir!
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