Se acabaron las vacaciones de Navidad para mí.
Han sido unas vacaciones raras, ya que sólo he salido de dos días, algo bastante raro, tratándose de mí.
Desgana, pereza, malestar y algun que otro revés de la salud consiguió que me entregara en cuerpo y alma a una de mis más viejas manías, algo que hago desde que tengo uso de razón.
Por la noche, cuando todos duermen, me gusta bajar al salón y apoyar la frente en el cristal de la puerta del jardín. Así, a través de la oscuridad que proyecta mi cabeza sobre la superficie transparente, miro el pedacito de cielo que queda justo sobre las plantas que cubren la valla.
Entonces divago, no importa sobre qué.
Unos días me preocupa el mañana, el hecho de que a día de hoy no sé qué será de mí el próximo año a estas alturas; otros es la eterna preocupación de la no-llegada de alguien con quien compartir mis días; otros me anclo en la amarga hiel de la nostalgia, demasiado reciente y punzante como para no doler (y es que me faltas de un modo tan absoluto, tan contundente y horriblemente real e irreversible que a veces sólo deseo sentarme al lado de tu nombre, sobre el mármol, y hablarte entre mil sollozos ahogados, y enfadarme contigo porque ya no me abrazas, porque ya nadie me hace sentir princesita, única y especial, en lugar de rara y mala, y... te extraño)...
No ha sido una buena época, lo asumo, pero por fin llegó la vuelta a las aulas, a esas queridas aulas donde crecí y donde ahora doy clases. Siento auténtica pasión por la enseñanza, a la que considero un milagro lucrativo.
Ya no puedo sentirme insegura, no tengo derecho ni ganas.
Sólo puedo dedicarme a ellos, a buscar mil y una maneras de que aprendan, de hacer que olviden sus problemas, de que sonrían, de que tengan una infancia feliz por la parte que a mí me toca.
Es sólo un mes, pero un mes bendito, ese mes que me recuerda que no, que esa idea que a veces me ronda de dejarlo todo y dedicarme a algo más prestigioso es absurda y cobarde. Que a mí me llena esto, que se me da bien, que en ningún otro trabajo podría ser más feliz y más útil. Nací con una vocación, y eso es algo a lo que nadie debería darle la espalda.
No puedo imaginarme dedicándome a otra cosa que no sean ellos, los más pequeños.
Algunos te necesitan desesperadamente: vienen de familias desestructuradas, sin recursos, sin una educación a la altura del sistema educativo actual (y dado el nivel del sistema, es como decir "sin educación alguna"), sin cariño... Privados de tantas cosas que cuando te miran con sus enormes ojazos y te devuelven la sonrisa, no puedes por menos que sentir admiración hacia esa personita tan valiente a pesar de su corta edad; admiración y un inmenso deseo de ayudarle, de enseñarle con ganas y mucho cariño, abrazarle cuando hace pucheros y llevarle de la mano al patio cuando no quiere salir a jugar porque tiene un día gris, porque no hay derecho a que un ser tan indefenso, pequeñito y encantador tenga días grises por razones de adulto.
Otros simplemente te maravillan: aprenden a la velocidad del rayo, comprenden las cosas a la perfección y día a día tan sólo mejoran.
Crecen ante tus ojos, se transforman de niños egoístas a personitas dispuestas a ayudar a sus compañeros en cuanto haga falta... y estas a punto de explotar de orgullo ante tales milagros, obrados día tras día gracias a los esfuerzos combinados de maestro y alumno.
Sentirse parte de esa magia, ser tan inmensamente feliz, es algo por lo que pagaría, pero seré yo quien se lucre del milagro.
Ser feliz durante mis días laborales pagará mis facturas. No me haré rica, pero seré inmensamente afortunada.
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1 comentario:
Mi niña, aunque estas Navidades no hayan sido lo mejor para ti, sé que este mes con los niños te hará revivir!! Y por supuesto nuestra cerveza de mañana (espero que nos la tomemos!!)
Y por cierto, escribe, escribe porque lo haces bien!
Te quiere tu amiga y apoyo en este duro camino del crecer!!
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