miércoles, 2 de septiembre de 2009

Historias de quita y pon

Las llamadas insistentes comenzaron a espaciarse cada vez más, hasta pasar a un segundo o tercer plano que la obsesionaba.
Pasó las horas muertas mirando al móvil cada 5 minutos deseando ver parpadear aquel nombre por el que creyó sentir algo.

Entre alcohol y amigos apareció un nuevo personaje. Ella, reticente y cauta como jamás fue, salió corriendo cuando él quiso besarla pero al entrar en casa pensó en su cara y sonrió. Borró al anterior nombre en su mente para reemplazarlo.

Sus llamadas fueron mucho más agradables y habituales. Pasó horas y horas colgada del teléfono escuchando la voz de la nueva adquisición, gastando bromas absurdas y sintiéndose "importante": una inyección de autoestima de efectos pasajeros.
Las tardes y las noches fueron divertidas y hasta tiernas. Disfrutó de cada abrazo, de cada beso, de cada mirada sonriente que le regaló, de cada mote cariñoso...
Pero con él la huída fue distinta. Las llamadas no se espaciaron, si no que desaparecieron de golpe. La sonrisa, antes cómplice y pícara, se volvió educada y ella se quedó quieta, con los ojos como platos, mientras se rompía la cabeza para intentar comprender qué había pasado.

No había nada que comprender. Uno más. Una más. Nada importante.

Y es que hay cosas a las que una jamás se acostumbra, como a que nunca ocurra nada importante o a ver desfilar ante ti un hombre tras otro, una historia de vertedero tras otra, creyendo sentir algo cada vez y dándose cuenta, al final, de que el problema es tu corazón, tan muerto de ganas de sentir de verdad que te engaña para que sucumbas a los delirios sin sentido, para que grites tan alto y tan fuerte que nadie pueda acercarse sin sufrir daños.

Mírame y no me toques.

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