domingo, 3 de enero de 2010

La antiprincesa no está triste.

Miles de momentos en los que he decidido no estar, no ser. Personificación mundana de la más cruda apatía.
¿Pérdida de tiempo? Quizás.
Para mi el carpe diem pasó de moda a los 18 años. Bonito, sí, pero utópico a más no poder. No concibo una existencia sin parones. Necesito pensar, analizar, retraerme y observar. Necesito estar quieta de vez en cuando.

Y ahora me descuelgo por el "a todo gas". Con una ilusión que recuerda a los 16 años voy de un lado a otro. Abrazo, beso, rio, escucho, comprendo y quiero como si me fuera la vida en ello. Soy sencillamente incapaz de contenerme.
Y es que la antiprincesa parece haber tenido suerte, o quizás la tuvo siempre y se negó a verlo para poder seguir odiando al mundo con todas sus ganas.

Ahora la antiprincesa se siente agradecida por algo tan sencillo y absurdo como ser ella, tan ella que nunca se gustó (por difícil, por incomprensible, por sensible y analítica, por frágil y tormentosa), y aunque siga sin verse con muy buenos ojos siente que es querida por aquellos cuya presencia le resulta imprescindible para llenar los pulmones.
A veces se sigue preguntando por qué, si ella no da la talla, si no merece tanto, pero su lado egoísta no puede por menos que atesorar las palabras de cariño, los gestos, los momentos... y disfrutar de ellos como una niña pequeña.

La antiprincesa ya no está triste... ¿qué tendrá la antiprincesa? Los suspiros ya no se escapan de su boca de fresa.

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